Tantas veces has querido
matar lo que llevo dentro,
las heridas que me haces
ni las cuento, ni las siento.
Dices que no he crecido,
que no pienso en un futuro,
que cambio tus avenidas
por caminos oscuros.
Pero ahora ya no miras
cuando te atrapo en mis versos;
eres viajera de paso
cuando no queda remedio,
y huyes de mi compañía
sin decir que yo no sientes
lo que hace tiempo nos unió
y hoy nos hace diferentes.
Vuelvo donde me encontraste,
no debí salir de allí;
y si vas a hacer balance
no lo debes escribir:
Nos quedamos sin palabras,
nos quedamos sin sonrisas,
nos quedamos como tontos
y con las manos vacías.
No hace falta que me expliques,
no me jodas con tus cuentos,
soy el mismo que intentó
poner música a tus sueños,
y devuélveme a los bares,
a las noches de cervezas,
a las risas en la barra
que deportan la tristeza.
Acostumbrado a llevar siempre
el desastre donde me encuentro,
dejé mis huellas de arena
esparcidas en el cielo
para que así te llegaran
sin apenas tú saberlo
y que fueran floreciendo
con mis labios en tu cuerpo.
Si algún día te molestan
y les quieres dar consuelo,
no las borres con violencia
o te acabarán mordiendo
porque aunque a veces parezca
que te mancho de tristezas
y te las muestro dóciles
para ver si las destierras,
en verdad, es mi deseo,
que intenta siempre atraparte
para ganarle a la noche
el que tengas que alejarte.
Y te maldeciré un fondo
entero de color gris
y llénalo de colores,
llénalo, como yo de ti.
